Los “autonomistas” que fueron parte del grupo conspirador La Torre
todavía no saben que todas las reuniones que efectuaban en un exclusivo
restaurante de Equipetrol eran escuchadas por mozos que trabajaban
para un grupo de inteligencia.
Cuando la unidad especial
detectó que ese local de comida japonesa -que aún sigue funcionando-
era el punto de encuentro del colectivo opositor, infiltró a seis de
sus miembros, quienes trabajaron allí durante casi un año.
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| Aclaración: Este plato nada tiene que ver con las historias que acá se cuentan |
Era el año final de la conspiración (2008) y muchos de los planes de
las élites cruceñas fueron anticipados gracias a los señores que
servían el sushi y el sashimi en la mesa de los opositores.
Los
nombres de los operadores políticos y empresariales que participaban
en La Torre eran registrados antes de que ellos terminen el postre.
Esa información era procesada y los reportes llegaban a Palacio en
tiempo récord. De haberlo sabido, muchos de los comensales seguramente
se habrían atragantado con el sake.
Y también ocurría a la
inversa. En el Ejecutivo no sospechaban, en ese entonces, que los
mandos policiales que pusieron en Santa Cruz eran gente que respondía a
Rubén Costas y realizaba seguimiento a los referentes masistas en
tierra cruceña.
Cuentan también que, mucho antes de que
llegue Evo Morales a la Presidencia, existían informantes en la plaza
Murillo que enviaban detallados reportes a Santa Cruz. Nadie puede
asegurar que esos personajes desaparecieron en tiempos del MAS.
El
espionaje, los infiltrados y los informantes son casi tan antiguos
como la política. La traición ya era parte de la cotidianidad en las
esferas de poder cuando los griegos escribían sobre ética. Jesús fue
traicionado por uno de sus apóstoles, es decir, uno de los miembros
de su “gabinete”.
También en Bolivia este fenómeno fue una constante en el periodo republicano y sigue presente en la era plurinacional.
Hubo
agentes de inteligencia que primero eran reclutados por la CIA y que
después aparecían en las antípodas ideológicas. Antonio Arguedas, uno
de ellos, pasó del servicio de inteligencia estadounidense a entregar
un policopiado del diario del Che Guevara a Fidel Castro.
Ese
documento estaba destinado a ser uno de los más importantes trofeos
de guerra de la historia del Ejército boliviano, pero en cambio
terminó en poder de los comunistas y lo conoció todo el mundo.
Incluso
se conoció que la CIA pensaba modificar el último legado del
argentino-cubano. No pudo hacerlo debido a que una copia del libro de
combate ya había llegado a La Habana; junto al documento también fueron
entregadas las manos del comandante.
El operativo de
Arguedas es digno de una película. Más de 30 años después, este agente,
espía, infiltrado, ex ministro del Interior, o como quieran llamarlo,
murió en Obrajes. Una bomba le explotó en las manos y hasta ahora pocos
saben las verdaderas circunstancias.
Y fue otra boliviana, mitad alemana, la que vengó la muerte del Che.
Era
1971 cuando esta hermosa mujer de ojos celestes, hija del fotógrafo de
Hitler y militante del Ejército de Liberación Nacional, descargó su
revólver contra Roberto Quintanilla en el consulado boliviano que éste
dirigía en Berlín occidental. Se llamaba Mónica Ertl.
Cuatro
años antes, el diplomático fue quien consumó el asesinato de Guevara e
incluso tuvo la osadía de amputarle las manos. Éstas fueron envueltas
en formol por una vallegrandina de nombre Lina. Era agente de la CIA.
La Imilla (el nombre de guerra de Ertl) viajó 11.000 kilómetros para vengar aquella afrenta.
Pero
a ella también le llegó la hora. La guerrillera era considerada la
mujer más buscada del mundo y cometió el error de volver a Bolivia.
Por esos días el Carnicero de Lyon, Klaus Barbie, trabajaba para la dictadura de Hugo Banzer. La eterna amistad que lo unía con el padre de la Imilla no fue obstáculo para que su equipo de inteligencia la encuentre y elimine. Los restos de Ertl todavía no fueron hallados.
Y
para no romper la cadena, Barbie también cayó en desgracia debido al
trabajo de espías y agentes de inteligencia. El ex jefe de la Gestapo en
Francia fue seguido silenciosamente durante diez años por los esposos
Klarsfeld, los “cazadores de nazis”.
Una acción temeraria de un grupo de élite del Ejército boliviano permitió que el alemán fuera deportado y condenado.
El
nacimiento de la democracia contemporánea en Bolivia no eliminó esta
clase de prácticas y el narcotráfico dio pie a que los informantes e
infiltrados sean cada vez más habituales.
El caso
Huanchaca lo puso en evidencia. El primer megalaboratorio de cocaína
del que se supo en Bolivia destapó los nexos de políticos locales, las
agencias antidroga estadounidenses y los capos del narcotráfico.
Investigaciones
posteriores establecieron que parte de las ganancias de la venta de la
droga producida en la serranía de Caparuch era parte del escándalo del
Irangate. Junto con el crack que circulaba en Estados Unidos,
financiaba a los “contras” de la revolución sandinista.
El
ministro del Interior de ese entonces, Fernando Barthelemy, fue el
principal involucrado. Murió después de años de desvaríos y crisis
nerviosas que empezaron con el caso Huanchaca.
Fueron
informantes del Gobierno de Víctor Paz Estenssoro los que filtraron a
los periodistas la información que salpicó con el escándalo a la DEA.
La
droga también jodió -literalmente- al Gobierno de Jaime Paz Zamora.
Uno de los cerebros del MIR, Óscar Eid, se lo dijo al lugarteniente del
narco Édgar “Oso” Chavarría, cuando éste le llamó desesperado para
pedirle ayuda.
Los teléfonos de los capos miristas estaban
pinchados por la embajada de Estados Unidos y así, de a poco, se
cerraba el círculo de lo que se conoció como los narcovínculos.
“Jodidos estamos todos” es la frase inmortal que le grabaron a Eid.
Para
evitar estas infidencias, en su retorno “democrático” a la
Presidencia, Hugo Banzer instruyó a Marco Marino Diodato que limpie los
micrófonos de todo el Palacio de Gobierno.
De nada
sirvió. Tiempo después apareció una grabación del general presuntamente
acompañado por una mujer que no era Yolanda Prada. El audio fue
entregado por Carlos Mesa (entonces periodista) al ministro Guillermo
Fortún (ahora preso) y se pudo contener el escándalo.
Diodato
es un personaje emblemático en estas lides. El italiano era un experto
en manejo de armas, grabaciones a opositores y clonación de teléfonos.
Además estaba casado con una sobrina de Banzer y tenía grado militar
honorario.
Cayó detenido sospechoso de varios delitos,
entre ellos el asesinato, vía coche-bomba, de una fiscal que lo
investigaba. Escapó caminando el rato que le dio la gana. Nadie puede
asegurar que murió o que salió de Bolivia. Sus compañeros de juerga en
Santa Cruz ahora pasean por la Monseñor Rivero y Equipetrol.
Algunos
de ellos comieron en ese restaurante, cuya especialidad es la comida
japonesa. Los mozos los vieron allí, pero no informaron al Palacio
porque no sabían quiénes eran...
Publicado en Página Siete el 20 de mayo de 2012. La historia completa del restaurante japonés se relata en La mañana después de la guerra, libro que saldrá con Editorial El Cuervo en los próximos meses.





